LO QUE NO SUPE LEER EN TU MIRADA ...
Te sentaste frente a mí, mirándome.
Clavaste tus cautivantes ojos celestes sobre los míos, y
¡juro que llegaste a inquietarme!. Cómodo en tu sillón,
frente al hogar, inmóvil, silencioso, no dejabas de obser-
varme un sólo instante, con ese aire ufano, seguro, inqui-
sidor...
Yo, en el otro sillón, sentada frente a vos, leía. Aunque,
a decir verdad, fingía que lo hacía, mientras vos, como una
estatua, permanecías inmutable en tu lugar. Por momentos,
te espiaba de reojo, detrás del libro que sostenía entre mis
manos, para ver qué hacías. Comprobaba que seguías es -
tando allí, en el mismo lugar, con tus ojos fijos y la mirada
siempre fija en mí.
Mi inquietud crecía. Ya ni siquiera podía simular que leía.
Ansiosa, perturbada, me enredaba, en mi creciente preocu-
pación, al tiempo que tejía las más diversas hipótesis para
descifrar por fin el misterio.
¿Por qué me mirabas de esa manera?.
¡Tus ojos! ... ¡Ojos felinos, altaneros, paradójicamente tier-
nos y seductores!. ¡Ah!, tus almendrados ojos color de cielo,
cautivantes, hipnóticos! ... ¡algo querían decirme tus ojos
marinos!.
Si bien es cierto que nuestra relación últimamente se había
vuelto fría, distante, no comprendía por qué querías hacerlo
notar de esa manera ,,,
Asumo que yo, sumergida en mis preocupaciones, estaba
comenzando, sin quererlo, a descuidarte ... Vos, por otra
parte, amparado en tu autosuficiencia, tu libertad ... habías
empezado a alejarte ... Los dos, habitando en la misma ca-
sa, convivíamos separados por esas distintas formas con
las que, poco a poco, empiezan a manifestarse las primeras
señales de que, asustado, el amor empieza a distanciarse ...
Entonces: ¿qué es lo que intentaban decirme tus ojos mari-
nos?. ¿Acaso que habías decidido definitivamente abando-
narme?. ¡ Varias veces lo habías hecho ya, para volver a
los pocos días, arrepentido, cabizbajo y meditabundo, con
cara de mártir, y ese aire de pobre mascota desamparada,
a suplicar con premeditadas estrategias de seducción, otra
vez mi cariño y mi perdón! ...
¡Sabías perfectamente que al verte así, mis defensas sucum-
birían!.¡ Especulabas, contando con mi debilidad como alia -
da, para poder concretar tus planes, con el exitoso resultado
previsto! .
Lo peor, lo peor de todo, era que, al poco tiempo, una vez
afianzado otra vez en tu puesto, ¡volvías a ser el mismo,¡ sí!,
el mismo indiferente de siempre ... Después, todo, todo
volvía a ser como antes ...
De pronto, de manera súbita, repentina y extraña, cuando
menos lo imaginaba, tuviste un cambio de actitud.
Te levantaste. Te fuiste acercando lenta y sigilosamente,
como era tu costumbre.
Sin dejar de mirarme un sólo instante, te sentaste junto a
mí, en el sillón. Te acurrrucaste después, hecho un ovillo
de ternura infinita, apoyando a la vez tu peluda cabeza sobre
mi regazo, meneando suavemente la cola y los largos bigotes
blancos, como queriendo hacer las paces ... en busca de un
poco de amor, de compañía, de aprobación ... ronroneando
dulcemente .
PERTENECIENTE AL LIBRO
" HUELLAS EN EL SENDERO"
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario