sábado

CIUDAD DE PIEDRA


                                                                      

Tiene la cara, las manitos sucias.
El cabello, castaño y lacio; el flequillo. que se desliza sobre su frente, largo y desprolijo,
apenas deja ver sus enormes ojos color café.
Viste gastados pantalones dde color azul marino, que caen sobre su cuerpo diminuto como
si nunca hubieran sido suyos, y un saquito viejo y agujereado del mismo color. Calza unas
zapatillas descoloridas, sucias, de cansados pasos, por una de cuyas puntas asoman   dos
deditos desnudos.
En su puño cerrado, atesora una pila de estampitas, que reparte ida y vuelta por los vago -
nes del tren, ofreciéndoselas a los pasajeros a cambio de alguna moneda que, en la mayo -
ría de los casos ... nunca llega ...
La escuela no lo conoce. Jamás pisó una juguetería. No sabe de dibujos animados, ni qué
es un álbum de figuritas. Nunca recibió regalos, ni tampoco tuvo torta de cumpleaños, ni
Día del Niño, ni Papá Noel, ni Reyes Magos ...
Hace frío. El tren, el último del día, llega a destino. Baja gran cantidad de gente; la mul -
titud se confunde en la gran masa hecha de indiferencia,, frialdad, desamor, rutina, prisa.
Él camina entre todos por el andén, pero sin rumbo fijo.
Poco a poco la estación terminal, como sus manos, va quedando vacía.
Un perro grande, de color pardo y ojos tristes, anda por ahí con la mirada perdida. Al ver
al pequeño niño, lo sigue, como buscando compañía.
El desamparo los une, la soledad los devora, y se derrama en sus lentos pasos resignados
que, al unirse, los ha convertido en camaradas. Cuando el cansancio los agota, buscan
un rincón en donde pasar la noche.
El frío, que cada vez se hace más y más intenso, se filtra por todas partes.
El silencio y la escarcha, como un telón que cae lentamente después de terminada  la
función, abrazan poco a poco a esta ciudad de piedra que bosteza y se dispone a descan-
sar.
El pequeño y su amigo fiel , pese a todo, se hacen compañía, recostados, como pueden,
en un viejo y banco roto, abandonado en un apartado rincón de la estación.
No tendrán, como tantas otras noches, alimento ni abrigo, ni tampoco quien los espere
con una comida caliente, un abrazo de amor, caricias tibias, maternales,  o simplemente, preocupación.
Saben que la noche, su única nodriza, acunará una vez más, como siempre lo ha hecho,
su sueño y su abandono. Y así, se entregan, resignados a un no elegido destino, sin resis-
tencia ya, hasta quedarse dormidos en un abrazo que el niño prodiga a su único compa -
ñero y amigo, el perro fiel ...
En ese instante, que evoca a una pintura impresionista, la luna, por no verlos, se oculta
conmovida detrás de una nube; vierte una lágrima a escondidas, que rueda tímidamen -
te por sus aterciopeladas mejillas de azucena. Ya ni se ven las estrellas ...
Reina un silencio abrumador.Una fina llovizna empieza a caer. 
Desde la vidriera de un negocio que dista de allí unos metros, se oye que gimen en un es-
tante de madera varias muñecas, abrazadas a un osito de peluche, quien ha tapado sus
ojitos, desde donde caen con rebelada impotencia ... fragmentados trozos de corazones
humedecidos ... rotos ...

    Homenaje a todos aquellos niños hijos de una ciudad de piedra,
    en su día.  
                             
        

No hay comentarios: